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INTRODUCCIÓN
Zarza la Mayor, situada al noroeste de la provincia de la Alta
Extremadura, es una bonita población que ofrece al curioso viajero una
atractiva oferta cultural gracias, entre otros factores, a su importante
patrimonio histórico artístico, legado de una existencia secular, y a una
naturaleza que aún se mantiene, en gran medida, virgen, deleitándonos con
paisajes llenos de color y contraste.
Quien visita la localidad, al pasear por sus amplias y soleadas calles,
queda sorprendido al contemplar la belleza de los edificios y casas que
conforman el núcleo urbano, que en numerosas ocasiones le hablan de un
pasado glorioso, digno de ser narrado.
Rememorar ese periplo histórico de Zarza la Mayor nos lleva a situarnos
muy atrás en el tiempo, allá dónde se pierde la memoria y se mezclan, a
partes iguales, mito y realidad.
Los tiempos prehistóricos
Todo empezó mucho antes de que se hiciera factible el surgimiento del
pueblo tal como hoy lo conocemos. Viajemos hasta la época prehistórica.
Por aquel tiempo unas gentes procedentes del centro de Europa comenzaron a
llegar a la Península Ibérica. Eran los celtas. Dicha etnia estaba
constituida por diferentes tribus, que tras su llegada se fueron
instalando en distintos lugares. A la zona comprendida actualmente por las
provincias de Salamanca, Ávila y el norte de la de Cáceres les
correspondió albergar al clan indígena conocido como Vettones. Por lo
tanto fue este pueblo el primero en habitar el actual término zarceño. De
aquel pretérito tiempo han llegado hasta nuestros días un sinfín de ruinas
que delatan la forma de vida y organización social de aquellas gentes.
Cobran importancia ante todo los restos relativos a la arquitectura
funeraria. Así podemos mencionar un amplio número de dólmenes entre los
que destaca el conocido como Pata de Buey, ubicado al norte de la
actual población de Zarza la Mayor, que responde a la tipología de
sepulturas de falsa cúpula. La cronología nos sitúa en plena Edad del
Hierro, allá por el I milenio a.C.
Roma
La vida relativamente pacífica que dominaba aquella época se vio
repentinamente trastornada por la llegada, primero de los cartagineses y
poco después, de los romanos. Ambos se enfrentaron por la conquista de la
tierra, viéndose implicados en la disputa los pueblos indígenas
autóctonos, caso de los Vettones. El tipo de hábitat en la llanura se
canjeo por el de los lugares en alto o de difícil acceso, buscando así una
mejor defensa ante el enemigo. También conservamos restos de este cambio,
siendo el poblado castrense de Las Moreras el más representativo.
Con el transcurso del tiempo finalizaron las guerras y victoriosa Roma,
comenzó un largo periodo de paz y bonanza, durante el cual podemos
rastrear indicios factibles que darán lugar, más tarde, a la fundación de
la actual Zarza la Mayor.
Efectivamente, a partir de la segunda mitad del I milenio a C., comienzan
a surgir un buen número de poblados, debidos al nuevo modelo urbano
implantado por Roma. Son los conocidos como oppida, o villae,
ubicados todos en la legendaria provincia de Lusitania. En término zarceño
los hallazgos arqueológicos dan fe de ello. Es sobre todo la aparición de
lápidas y cipos funerarios con caracteres latinos, los que ofrecen
interesantes datos sobre este crucial momento. Entre todas las laudes
merece destacarse una, que contiene un nombre, Interamnia. Los
últimos estudios parecen confirmar que ésta pudo ser la antigua
denominación de Zarza la Mayor. Una población estipendiaria, cuya
importancia se ratifica con la inclusión de citado topónimo en la lápida
conmemorativa por la erección del famoso Puente Romano de Alcántara,
situado escasamente a 30 Kms de la actual villa zarceña.
La etapa latina termino bruscamente. Fueron las invasiones de pueblos
bárbaros las que sumieron en sombras y vagas noticias aquel tiempo
intermedio, del que sólo llegan referencias sobre continuas guerras que
esquilmaron la vida de los campesinos. Y así fue hasta la entrada en
escena de los árabes, ya en el siglo VIII de nuestra era.
Llegan los árabes

A la etnia berebere le toco en fortuna ocupar aquella tierra. Recuperaron
la tradición ganadera de los míticos Vettones y también, para no ser
menos, otra vez tornaron los conflictos bélicos por alcanzar el poder. Los
antiguos asentamientos prerromanos y los propiamente romanos fueron en
muchos casos reutilizados por los nuevos pobladores, pero en ocasiones se
construyeron ex profeso otros. Ahora, y debido a la violenta sociedad, la
arquitectura de tipo militar va a ser la que prime. En el término zarceño
se levantaron gallardas fortalezas, unas veces ocupando las crestas de la
sierra y otras, lamiendo el paso de la ribera llamada de Eljas. Nacieron
entonces los imponentes castillos de Racha Rachel, Benavente, Bernardo, Hernan Centeno y Peña de Frey Domingo. Todos gozaron de vital importancia,
pero fueron los dos primeros quienes dejaron amplia estela de su
existencia.
La llamada reconquista sonaba entonces en la Península Ibérica. Las tropas
cristinas bajaban desde el norte en lucha feroz por desterrar a los
infieles seguidores de la Media Luna. Tras las primeras escaramuzas, que
nunca llegaron a tomar un palmo de terreno, le sucedieron las grandes
campañas de conquista. Era el final del siglo XII y comienzos de la
siguiente centuria. Comenzaba la historia real de Zarza la Mayor
Reconquista y Edad Media
Fueron las tropas del monarca leonés Alfonso IX las protagonistas en los
sucesos bélicos que iban a cambiar para siempre la configuración y dominio
de aquellas tierras. La fecha clave, el año 1212. Aprovechando el
desconcierto causado entre los musulmanes a causa de su derrota en la
batalla de las Navas de Tolosa, los soldados cristianos ocuparon la mayor
parte de la actual provincia de Cáceres. Ya nunca más volvieron a perder
su poder. El territorio recientemente conquistado es distribuido por los
reyes entre diferentes organizaciones para que sean éstas quienes se
encarguen desde entonces de su administración y defensa. La zona
occidental de la provincia cacereña es de este modo entregada a los monjes
soldados de la Orden Militar de Alcántara. Ahora, en esa franja de
terreno, dónde antes se levantaban torres y alquerias árabes, se
construyen soberbios castillos y van surgiendo gran número de poblados
para acoger a los colonos que llegan procedentes del norte. Entre estos
poblados y castillos destacan dos, La Zarza, viejo caserío de pastores
venido a más, y Peñafiel, la otrora antigua fortaleza musulmana de Racha
Rachel, ambos citados en un texto de 1251. Es el segundo de ellos quien
gozara de mayor prestigio durante toda la época medieval, gracias a que
los caballeros alcantarinos le designan como cabecera de una de sus
Encomiendas, titulada de Peñafiel y la Çarça. Esta importancia se
ratifica en 1323, cuando debido a circunstancias desfavorables, los
vecinos de la Çarca, deciden abandonar sus hogares e instalarse junto a
los recios muros de la fortaleza buscando protección. Junto al castillo,
actualmente, aún se pueden observar los cimientos de aquellas primitivas
casas que dieron lugar al poblado medieval de Peñafiel.
No fue por mucho tiempo aquel traslado. En el año 1356 el maestre
alcantarino concede un segundo Fuero y Carta de Martiniega a los
pobladores que emigraron, con el objetivo de que retornen al antiguo
asentamiento. Peñafiel se abandona definitivamente y la ya villa de La
Zarza comienza a brillar con luz propia. Es su momento estelar.
Deberán pasar aún bastantes años, repletos de luchas y problemas con
poblaciones contiguas, para que los zarceños puedan disfrutar de su
hegemonía plena, la cual vio la luz en las primeras décadas del siglo XVI.
Los tiempos modernos
El mil quinientos significa un tiempo de esplendor en la historia local de
La Zarza. El crecimiento demográfico se refleja en un desarrollo urbano
muy interesante, dónde el modelo de pueblo cerrado entre murallas y con
apenas infraestructuras, es cambiado por el de la visión de una población
extensa, dónde la vida fluye por sus calles. Se construyen destacados
edificios, tanto de carácter civil como religioso, tales como la iglesia
parroquial y los diferentes palacios y residencias de hidalgos. Los
zarceños llevan el nombre de su pueblo natal incluso allende los mares,
participando en la gran empresa de la colonización americana. El esplendor
cultural choca con la crudeza de la sociedad, que cristaliza su
estructura antagónica de clases, dando primacía a las familias nobles,
dueñas del terrazgo
y de la riqueza municipal, mientras que el pueblo llano, formado por una
ingente grey de campesinos, deambula a la sombra de aquellas.
La vida diaria gira en torno a la explotación agroganadera del extenso
término municipal, que recibe anualmente gran número de cabezas de ganado
trashumante, ávidas de llegar a los pastizales de la importante dehesa de
Benavente, origen de la riqueza zarceña. Serán precisamente los
trashumantes uno de los problemas clave de este siglo en el desarrollo de
Zarza la Mayor, al detentar para sí la mayor parte del terrazgo, dejando a
muchos zarceños sin apenas recursos para sobrevivir. Defensores acérrimos
de este sistema de explotación de la tierra son los Comendadores, que
tratan de mantener su status social con la pervivencia de usos feudales.
Enfrente surge la oligarquía rural, compuesta por hidalgos y labradores
enriquecidos, que ven como el antiguo poder medieval frena sus ansias de
poder. Este será otro de los factores que caracterizaran la centuria, el
choque entre poderes, uno creciente y el otro sumiéndose más en el olvido.
De esta forma, envuelta la monotonía en constantes disputas iniciadas por
unos y otros, vieron los zarceños pasar el tiempo, hasta que de nuevo se
presento, para desestabilizar definitivamente aquel frágil equilibrio, la
guerra de Portugal, ya en pleno siglo XVII.
Las guerras con Portugal y el fin de una época
En cualquier narración histórica que se precie, hay momentos que quedan
grabados para siempre en la memoria colectiva de los protagonistas,
momentos que señalan el fin o el comienzo de etapas y que marcan el rumbo
futuro a seguir. Zarza la Mayor tuvo dos hitos en su devenir. Uno ya lo
mencionamos al tratar del dominio romano, cuando parece confirmarse la
existencia de un poblado como germen y antecedente para el surgimiento del
núcleo zarceño posterior. El segundo momento estelar acaeció a mediados
del XVII, fruto de un nuevo periodo de guerras a las que tan acostumbrados
estaban ya sus habitantes. El motivo fue la revuelta independentista del
vecino reino de Portugal. Debido a su situación, extremadamente
fronteriza, Zarza la Mayor sufrió como pocas poblaciones los rigores del
conflicto. Desde 1640 hasta 1668 tuvieron que soportar los zarceños varias
intentonas lusas por tomar el pueblo, y en todas ellas hubo motivos
suficientes para recordar lo sucedido y trazar un antes y un después. En
los primeros compases de la guerra, en 1644, llego el primer golpe. Fue
concretamente el 18 de mayo de aquel año cuando, tras un ataque fallido de
los portugueses, rechazados una vez más por los bravos zarceños, sucedió
la explosión y derrumbe posterior del polvorín, ubicado en los sótanos de
la torre parroquial. El infortunio quiso que más de 300 personas
perecieran bajo los escombros. Años después, ya sin la defensa de la
preciada atalaya, fue fácil para los lusitanos conquistar definitivamente
la plaza, aunque no sin haberse defendido cara la posición. Cinco días
duro el asedio final. El 16 de junio de 1665 Zarza la Mayor fue derrotada
y sus moradores desterrados a otros lugares. Fue el segundo y definitivo
golpe.
Hasta tres años más tarde no retornaron. Zarza resurgió de sus cenizas y
levanto otra vez casas, iglesias, ermitas, palacios… Pero el destino
parecía no conformarse con el alto precio pagado y quería aún más
sacrificio. Otra vez una guerra, ahora a comienzos del siglo XVIII, y otra
vez los eternos rivales, los portugueses. Vuelta a empezar: ataques,
escaramuzas, asedios, violencia sin límite. El aplaudido Marqués de Las
Minas era el general de las tropas lusitanas que dieron al fuego a Zarza
la Mayor un 5 de mayo de 1705. No hubo mucha resistencia esta vez.
Abandono y regreso se repitieron y, por fortuna, para quedarse
definitivamente. La fecha: 1713
Después de todo el periplo negativo no parecía que los zarceños tuvieran
ánimos para retomar la antigua grandeza. No fue así. Si su cercanía a la
frontera les causo antaño grandes males y a punto estuvo de hundir su
nombre para siempre en la simas del olvido, fue ahora esa proximidad la
excusa perfecta para sentar la esperanza. A falta de oficio mejor, muchos
zarceños se dedicaron al comercio, al contrabando, al intercambio de
bienes con la nación vecina, y de esa manera surgió en 1749 un proyecto
ilustrado: La Real Compaña de Comercio y Fábricas de Extremadura,
dónde la seda y su manufactura fue la base. Pero los renglones de la
historia se torcieron de nuevo y a poco de su fundación, el sueño de
mejorar se fue al traste. Dicen que la mala gestión administrativa fue una
de las causas.
Con el cierre de aquella fábrica se enterraron las ilusiones de cambio de
la gran mayoría de zarceños. Sólo unos pocos sacaron provecho de la
ocasión. Ahora todo quedaba en sus manos. Era el momento de los burgueses,
de los nuevos ricos y de algunos viejos linajes reflotados.
Desde el siglo XIX hasta la actualidad
Con un nuevo precedente, ya clásico, de conflictos militares (Guerra de la
Independencia), dónde otra vez los zarceños dejaron constancia de su valor
y coraje frente al constante peligro, se inicio la centuria del XIX. Una
época convulsa a nivel nacional que iba a dejar enorme huella en Zarza la
Mayor, aunque de talante negativo. Aquel siglo fue el tiempo de grandes
cambios que, lamentablemente, no tuvieron eco en la organización social.
La gran mayoría de los zarceños, cuyo número crecía imparable, subsistían
en un extenso término municipal del cual apenas poseían un 25% del
terrazgo para poder trabajarlo. La única salida posible a aquella
anquilosada estructura, la conocida Desamortización, no consiguió el
objetivo deseado y sus efectos resultaron aún más demoledores. Ahora,
mediado el siglo, casi todo el terrazgo estaba en manos de unos pocos
terratenientes y familias privilegiadas, dueñas absolutas tanto de la vida
política como de la economía local. Los viejos linajes afianzaron su
poder. Pero también surgieron nuevos
hacendados que trataron, cuando menos, de equiparse a los primeros. En cambio, el resto de la población se hundía cada vez más en la miseria,
abocados a la mendicidad. La pobreza incito a muchos a emigrar a mejores
tierras: unos hacia el continente americano, y otros alternando la vieja
Europa con la propia nación española. Por otro lado, las enfermedades, la
carestía alimenticia y los periodos de crisis agrícolas dinamitaban
frecuentemente los índices de mortalidad, que alcanzaron valores muy
elevados, únicamente contrastados con una alta tasa de nacidos. Y con
aquel panorama tan desolador se entró en el siglo XX.
Las primeras décadas se caracterizan por la agitación de la masa campesina
en busca de mejoras para su débil y precaria situación. Los movimientos de
ideas socialistas ganan muchos adeptos en Zarza la Mayor, cuya población
obrera atisba un alíto de esperanza en las promesas de cambio que van
llegando poco a poco. La oligarquía, recelosa de lo que pueda ocurrir,
permite ciertas concesiones, pero en definitiva todo transcurre de forma
muy parecida al periodo anterior. Con el pronunciamiento de la II
República en 1931 se confirman por fin las pretensiones de cambio tan
ansiadas. Durante unos años la vida local se inclina a favor de los más
desprotegidos y algunos personajes alcanzan gran protagonismo como lideres
del giro dado a la situación. Este es el caso del alcalde socialista en
gran parte de la etapa republicana, Julián Notario, quien llevo a cabo
diversas acciones a favor de los campesinos y obreros zarceños, como por
ejemplo impulsar medidas que mitigaban en parte el paro laboral, uno de
los grandes males de aquellos años. Pero el cambio también produjo una
fractura total en la sociedad, que llegaba ya muy dividida en dos grandes
bloques antagónicos. Los insultos y peleas entre unos y otros (izquierda y
derecha) fueron notables, sentándose las bases del odio mutuo, que
enseñaría su cara más cruel tras el Alzamiento Nacional y el inicio de la
Guerra Civil en 1936.
La memoria histórica colectiva recuerda con tristeza el verano de aquel
fatídico año y las muchas vidas que sesgo la nueva etapa que tras él daba
inicio. Otra vez las riendas del poder tornaron a los privilegiados y,
pese a algunas ligeras modificaciones respecto al pasado más próximo, las
condiciones de vida se repitieron. Fue la época de la Dictadura
Franquista, con altibajos en su discurrir, durante el cual el pueblo de
Zarza la Mayor recogió algunos avances generales al resto de localidades
de la provincia y España en general. Pero el carácter eminentemente rural
persistió, basándose la economía local y la escasa industria existente en
el cultivo de la aceituna, el cereal y el pastoreo de algunos cientos de
cabezas de ganado lanar y vacuno. Fue también un periodo que conoció la
emigración masiva de los vecinos en busca de mejores expectativas. Los
índices demográficos, que hasta la fecha no habían dejado de ascender,
frenaron bruscamente y desde entonces su ritmo decreciente fue constante.
Con los años 60 y la apertura del régimen a nivel internacional, se
notaron ciertos avances. La luz, el agua corriente y ciertos servicios
esenciales se hicieron ya de dominio público. El final de la Dictadura y
los primeros años de vida en democracia trajeron definitivamente aires
nuevos. La estampa del pasado se fue borrando poco a poco de las calles y
fisonomía urbana de Zarza la Mayor. El status de vida acelero el paso y,
aunque lentamente y salvando serios obstáculos, se consiguió olvidar las
etapas grises y afrontar el futuro con energía e ideas renovadas.
Y esta es la imagen que ofrece Zarza la Mayor y sus gentes en la
actualidad. Un pueblo arropado por antiquísimas tradiciones, con una gran
historia particular digna de ser contada y conocida, abierto al porvenir
de par en par. Un lugar que se debe descubrir y conocer a fondo. Merece la
pena el intento. |